En el viejo pueblo de Guayubín todavía hay quienes aseguran que, cuando el sol cae y el viento levanta polvo en las calles, se escucha la risa de Cuchumpa, el hombre más ocurridor que ha parido la Línea Noroeste.
Cuchumpa no era rico, ni político, ni comerciante grande. Era un hombre de sombrero viejo, pantalón remendado y una labia que convencía hasta a los gallos de cantar de madrugada. Vivía inventando negocios raros: un día vendía hielo en invierno y otro día ofrecía “aire fresco embotellado” en las patronales.
Pero la historia que lo volvió leyenda ocurrió en tiempos de elecciones.
Dicen que en aquellos años el pueblo amanecía lleno de papeletas. Los candidatos regalaban dinero como si fuera hojas de tamarindo. En cada esquina había gente enseñando fajos, comprando romo, jugando dominó y prometiendo votos que después nadie sabía para quién eran.
Cuchumpa observaba todo callado desde el colmado de Mundito.
—Aquí lo que hay es dinero volando bajito —decía mientras se rascaba la barbilla.
Una noche, después de una caravana política que dejó las calles llenas de papeletas tiradas, Cuchumpa salió con un saco y una linterna. Caminó por medio pueblo recogiendo billetes húmedos, arrugados y hasta rotos que la gente había dejado caer en la borrachera electoral.
Recogió tantos, que llenó dos fundas grandes.
Cuando llegó a su casa, su mujer casi se desmaya.
—¡Ave María, Cuchumpa! ¿Y de dónde salió todo eso?
—Del mismo sitio donde salen las promesas: de la calle y del olvido.
La mujer pensó que él guardaría el dinero. Pero Cuchumpa tenía otra idea.
Pasó toda la madrugada pegando papeletas con engrudo sobre una sábana vieja. Billete por billete. De veinte, de cincuenta, de cien… hasta algunos dólares aparecieron entre la mezcla.
Al amanecer, la tendió en el patio.
El sol pegaba sobre aquella sábana brillante y parecía un tesoro de piratas.
Los vecinos comenzaron a llegar.
—¡Cuchumpa se volvió millonario! —¡Ese hombre encontró un entierro! —¡Lo financió un candidato!
Pero él, sentado tranquilo en una mecedora, respondió:
—No, compadre… esto es para que vean que en este pueblo el dinero de campaña da hasta para arroparse.
La noticia corrió por todo Guayubín. Llegó gente de otros campos a mirar la famosa sábana de papeletas. Algunos políticos se molestaron. Otros se rieron nerviosos.
Uno de ellos le preguntó:
—¿Y tú no piensas devolver ese dinero?
Cuchumpa soltó una carcajada.
—¿Devolverlo? ¡Pero si ustedes mismos lo tiraron al aire como si no valiera nada!
Esa noche hubo música, cuentos y ron frente a la casa de Cuchumpa. Y cuentan los viejos que, antes de acostarse, el hombre se tapó orgulloso con su sábana de billetes y dijo:
—Por fin dormí cobijado por la política.
Desde entonces, cuando alguien en Guayubín presume de dinero fácil o de promesas electorales, siempre aparece un viejo diciendo:
—Ten cuidado… no vaya a venir Cuchumpa y te haga otra sábana.












