Dicen los más viejos de Guayubín que aquella sesión del ayuntamiento para elegir a los encargados de las juntas distritales de Villa Elisa y Hatillo Palma fue una de las más tensas que se recuerdan.
El salón estaba lleno desde temprano. Dirigentes políticos, comunitarios, simpatizantes y curiosos ocupaban cada rincón, mientras afuera también se aglomeraban decenas de personas esperando el resultado. La disputa era fuerte, porque cada grupo defendía a su candidato como si se tratara de una elección presidencial.
Dentro del cabildo, las miradas eran serias y los murmullos constantes. Cada intervención subía más la temperatura del ambiente. Algunos golpeaban la mesa para exigir respeto, otros levantaban la voz reclamando supuestos acuerdos incumplidos. La tensión se podía cortar con un cuchillo.
Para adornar el acto habían colocado globos y vejigas de colores en el techo y las paredes, pero nadie estaba pendiente de eso. Todo el mundo estaba concentrado en la votación.
En medio de una discusión acalorada, cuando uno de los regidores apenas comenzaba a hablar, de repente se escuchó una fuerte explosión: ¡PAAAM!
Una de las vejigas grandes de la decoración había explotado.
Pero en ese instante, con los nervios de punta y el ambiente cargado, muchos pensaron que se trataba de un disparo real. El pánico fue inmediato.
Alguien gritó: “¡Tiroteo!”
Y aquello se volvió un caos.
Sillas cayendo, papeles volando, gente tirándose al piso, otros corriendo hacia la puerta principal, algunos saltando por las ventanas laterales. Afuera, al escuchar el escándalo, la multitud también salió despavorida creyendo que dentro se había armado una balacera.
Hubo un verdadero huidero.
Minutos después, cuando todo se calmó, se descubrió que no había sido ningún disparo, sino simplemente una vejiga reventada por el calor y la presión.
Entre risas nerviosas, vergüenza y comentarios, la sesión tuvo que suspenderse temporalmente. Muchos nunca olvidaron aquella escena y durante años se recordó como “la sesión de la vejiga que desató el tiroteo sin tiros”.
Desde entonces, cada vez que en Guayubín alguien escucha un ruido fuerte en una reunión política, no falta quien diga entre risas:
“¡Cuidado, que no vaya a ser otra vejiga!”

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