lunes, 18 de mayo de 2026

Negro Román y Píngaro: los más tacaños de la frontera


En Las Matas de Santa Cruz todo el mundo conocía a Negro Román y a Píngaro de la Cruz. Los dos eran comerciantes viejos de carretera, expertos en madrugar lunes y viernes para ir hasta el mercado de Dajabón a comprar mercancías y luego revenderlas por Santa Cruz, Carnero, La Pinta, Santa María y otros campos de Las Matas.



Pero aunque hacían el mismo negocio, parecían gallos de pelea.


—Ahí viene Negro Román, el único hombre que parte una pastilla de jabón en cuatro pa’ venderla más cara —decía Píngaro riéndose.


—Y cuidado si habla Píngaro, que cuando compra pan pide que le pesen hasta las migajas —respondía Negro Román.


La gente del mercado gozaba con ellos porque vivían acusándose de tacaños. Decían que ninguno comía bien por no gastar un peso.


Una mañana calurosa, después de comprar varias pacas de mercancías, los dos coincidieron en un comedorcito cerca de la policía de Dajabón. El olor a cerdo guisado tenía a cualquiera mareado del hambre.


Píngaro, sobándose la barriga, dijo:


—Negro, vamos a comer porque el que trabaja tiene que comer bien y darse vida.


Negro Román lo miró desconfiado, pero el hambre pudo más.


—Tá bien… pero no vaya tú a pedí medio comedor.


Se sentaron felices como dos ministros y empezaron a pedir sin miedo: moro de guandules, cerdo guisado, ensalada, y hasta una orden extra de tostones crujientes.


Después remataron con dulce de leche, un cafecito caliente y agua de botellita.


Cuando terminaron, quedaron jartos como dos chinchas al sol, echados hacia atrás y respirando pesado.


Entonces llegó la cuenta.


Negro Román agarró el papelito, lo miró y de una vez lo empujó hacia Píngaro.


—Paga, Píngaro.


Píngaro abrió los ojos.


—¿Pagar yo? ¡Paga tú! El dinero que tenía lo invertí en tenis y pepenes.


—¿Cómo va a ser? ¡Si tú fuiste el que dijo de comer!


—Y tú comiste más que yo.


La discusión comenzó a subir de tono. Uno decía que el otro era más agarrado. El otro juraba que no iba a gastar “ni un chele”.


El dueño del comedor, un hombre gordo y sudado que ya estaba perdiendo la paciencia, salió de la cocina con el cucharón en la mano.


—¡O me pagan mi dinero o se me fajan a fregar platos aquí hasta la noche!


Los dos se quedaron callados.


La verdad era que ambos tenían dinero en los bolsillos… pero ninguno quería soltarlo.


Entonces a Píngaro se le ocurrió la idea más absurda del mundo.


—Vamos a hacer una apuesta: metemos la cabeza en esos tanques llenos de agua. El primero que saque la cabeza paga la cuenta.


Negro Román, orgulloso como siempre, aceptó.


—Hecho.


La gente del comedor salió detrás de ellos a mirar el espectáculo. Pusieron dos tanques grandes llenos de agua y los dos metieron la cabeza al mismo tiempo.


Pasó un minuto…


Después dos…


Después tres…


Ya la gente estaba nerviosa viendo cómo los dos seguían debajo del agua por no perder la apuesta.


Hasta que el dueño del comedor, asustado de que se le murieran allí mismo, salió corriendo y los sacó a la fuerza.


Los dos salieron tosiendo, con los ojos rojos y tragando agua como peces fuera del río.


El dueño, furioso, les gritó:


—¡Par de charlatanes! ¡Pónganse a bregar los platos ahora mismo antes de que los mande presos!


Y cuentan los viejos de la frontera que aquella tarde Negro Román y Píngaro fregaron tantos platos, calderos y cucharas, que el comedor quedó brillando más que una clínica.


Pero aun así, ninguno quiso pagar la cuenta.

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