En Guayubín, cuando alguien se iba lejos y desaparecía sin dar señales, la gente decía entre risas:
“Ese cogió la de Villa Diego.”
Nadie sabía exactamente de dónde salió la frase, pero todos entendían lo mismo: se fue… y no volvió más.
Decían que hace muchos años existía un camino polvoriento que salía rumbo a Villa Diego, un lugar lejano entre montes y caminos malos, donde quien se iba casi siempre tardaba meses en regresar… si regresaba.
Un tal Toño, famoso por deber en todos los colmados y por enamorar mujeres ajenas, un día amaneció diciendo que iba “a resolver un asunto rápido”.
Salió temprano, con una funda pequeña y su mejor camisa, prometiendo volver en la tarde.
La tarde pasó.
Pasó la noche.
Pasó la semana.
Y Toño nada.
Doña Chepa, que le fiaba arroz y aceite, preguntaba todos los días:
—¿Y Toño?
Y siempre alguien respondía:
—Olvídese de eso… ese cogió la de Villa Diego.
Desde entonces, cada vez que alguien desaparecía del pueblo, dejaba de pagar, se iba con una novia nueva o simplemente se perdía del mapa, ya nadie preguntaba mucho.
Solo decían, con media sonrisa:
—Cogió la de Villa Diego.

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