En Hato del Chivo, cerca de Guayubín, vivía Alí, un agricultor conocido más por sus amores, sus partidas de dominó y su resistencia para la cerveza y el ron, que por el tamaño de su conuco.
Alí era hombre alegre, de esos que nunca decían que no a una invitación. Si había dominó, allí estaba. Si había una patronales, aparecía planchado. Y si alguien mencionaba el bar de Berranche, cerca de Rancha Pedro, más rápido todavía.
Pero había un detalle que siempre le molestaba: cada vez que iba donde Berranche, nunca lo atendían como él creía merecer. Las muchachas apenas lo saludaban, le ponían la cerveza tarde y casi siempre lo mandaban a sentarse en la mesa más arrinconada.
—Algún día me van a tratar como un rey —decía Alí, mientras daba un trago largo y acomodaba la gorra.
Y ese día parecía haber llegado.
Una mañana, contra todo pronóstico, Alí se sacó un palé en la lotería.
Cuando cobró aquel dinero, sintió que el mundo le pertenecía. Guardó unas papeletas en el bolsillo delantero, otras en la cartera, y salió derecho, sin mirar para los lados, rumbo al bobeo donde las hijas de Berranche.
La noticia corrió como pólvora en verano.
—¡Alí anda buchú de papeletas!
—¡Se pegó en la lotería!
—¡Hoy sí lo van a recibir con alfombra!
Y así fue.
Cuando llegó, encontró el negocio casi vacío. Apenas estaban la morena y la rubia, dos de las muchachas más vivas del lugar.
La morena lo vio entrar y le dijo sonriendo:
—Ay, don Alí… vuelva mañana, que hoy es lunes y seguro vamos a cerrar temprano.
Pero la otra, más rápida que un chisme de campo, la interrumpió:
—¡Nooo! Don Alí, si hay que amanecer con un cliente tan distinguido como usted, aquí se amanece.
Alí abrió los ojos como dos medio pesos y cogió un cuadre de rico que ni él mismo se lo creyó.
Se sentó de inmediato en una silla sencilla de madera, pero la rubia volvió a mandar:
—Morena, búscale una mecedora con cojines a don Alí.
Aquello fue música celestial.
Después de varias cajas de cerveza, entre risas y halagos, le preguntaron:
—Don Alí, ¿qué desea cenar?
Él, sorprendido de tanta atención, respondió:
—Si aparece un chivito, me lo como.
Y eso no fue sugerencia: fue orden.
Esa noche hubo chivo guisado, cerveza fría y ron del bueno.
Y así siguió.
Martes, miércoles, jueves y viernes…
Cada día más comida, más cerveza, más atenciones y más antojos. Alí se sentía patrón de hacienda. Se bebió el palé a puro gusto y aplauso.
Cada vez que sacaba un billete, las sonrisas crecían.
—Don Alí por aquí.
—Don Alí por allá.
—Don Alí, usted sí sabe vivir.
Pero el sábado, en la tardecita, la moña del palé ya se había esfumado.
El bolsillo estaba flaco. La cartera parecía un solar vacío.
Entonces la morena le puso una última cerveza en la mesa y dijo:
—Don Alí, tómese esa última, porque casi estamos cerrando.
Alí, algo confundido, preguntó:
—¿Y no hay una cenita para mí?
La rubia, sin azúcar en la voz, respondió:
—Usted puede comprar un hot dog en Guayubín o una fritura en El Pocito… porque aquí ya no queremos gente mirando.
El silencio cayó más pesado que una derrota en dominó.
Alí entendió.
Se bebió la última cerveza despacio, se acomodó la gorra, se levantó sin decir mucho y salió caminando con la dignidad medio golpeada.
Desde entonces, cada vez que alguien en Hato del Chivo se emociona demasiado por un dinero rápido, siempre aparece uno que dice:
—No te pongas como Alí… que el palé se acaba y el cariño también.
Y todo el mundo entiende la historia.

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