Cuando Don Eusebio murió, dejó a sus cuatro hijos una gran herencia de tierras. Eran terrenos amplios: una parte llana y fértil cerca del río, y otra parte montañosa, pedregosa y difícil de trabajar.
Los tres hermanos mayores se reunieron rápidamente para repartirse lo que ellos consideraban “lo mejor”.
—La tierra buena es la de abajo —dijo Ramón—. Ahí se siembra arroz y se gana dinero seguro.
—Exacto —respondió Julián—. El cerro ese no sirve ni para criar chivos.
El menor de todos se llamaba Mateo. Era un hombre callado, diferente a los demás. En el pueblo muchos lo consideraban extraño porque siempre hablaba de oportunidades donde nadie veía nada.
Los hermanos, creyéndose más inteligentes, hicieron el reparto: ellos tomaron toda la tierra llana y dejaron a Mateo con las montañas secas y llenas de piedras.
—A él dénsela toda —dijeron entre risas—. Como está medio loco, seguro será feliz allá arriba.
Mateo no discutió. Solo miró las montañas y dijo:
—Toda tierra tiene un tesoro; solo hay que saber encontrarlo.
Pasaron los años.
Los hermanos cultivaban arroz, pero cada temporada dependían de la lluvia, de los préstamos y de los precios del mercado. A veces ganaban, otras veces perdían.
Mientras tanto, Mateo comenzó a trabajar en silencio en sus terrenos. Observaba las piedras, estudiaba la tierra y hablaba con ingenieros que visitaban la zona.
Un día descubrieron que en aquellas montañas había enormes depósitos de grava, arena y materiales de construcción, justo cuando la región empezaba a crecer y construir carreteras y edificios.
Mateo abrió una mina de materiales.
Lo que antes era considerado tierra inútil se convirtió en el terreno más valioso de toda la herencia.
Camiones entraban y salían diariamente del cerro. Empresas constructoras hacían contratos millonarios con Mateo, y el hombre que todos llamaban “loco” terminó siendo el más próspero de la familia.
Un domingo, los hermanos fueron a visitarlo. Miraban sorprendidos las máquinas trabajando donde antes solo veían piedras.
Ramón, con vergüenza, le preguntó:
—Mateo… ¿cómo supiste que esto valía tanto?
Mateo sonrió y respondió:
—Porque ustedes miraron la tierra por lo que era en ese momento. Yo la miré por lo que podía llegar a ser.
Y desde entonces, en aquel pueblo quedó una enseñanza que muchos repiten todavía:
“No subestimes lo que hoy parece poco, porque el verdadero valor muchas veces está escondido donde nadie quiere mirar.”

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