miércoles, 20 de mayo de 2026

Vanessa la Bailarina y el lío del dominican york en Martín García


En aquellos tiempos de fiestas calientes y carreteras malas, en Guayubín había un personaje que se robaba todos los shows: Vanessa la Bailarina.



Detrás de aquella mujer explosiva de labios rojos, peluca rubia y aretes gigantes, estaba nada más y nada menos que Peluchón, un joven deportista conocido por correr más rápido que un pitcher tirando a primera.


Cuando Peluchón se transformaba en Vanessa, el pueblo se paralizaba.

Los hombres sudaban frío y las mujeres se morían de la risa viendo aquel “mujerón” bailar pegadito y mover las caderas como si tuviera corriente eléctrica.


Un sábado anunciaron una gran presentación en el Country Club de Martín García.

La expectativa era enorme. Desde temprano el bar estaba lleno de gente esperando ver a Vanessa hacer de las suyas.


Para llegar allá, Peluchón contrató al profesor Lendorio Rodríguez, dueño de un Volkswagen modelo 1975 que sonaba como una licuadora llena de piedras.


Aquel carro estaba tan acabado que cuando prendía parecía que iba a despegar una avioneta vieja.


Camino a Martín García la carretera era un desastre: hoyos, piedras, zanjas y polvo.


Peluchón, ya vestido de Vanessa desde Guayubín, con peluca puesta y labios pintados, iba desesperado en el asiento delantero.


—¡Profe, dele duro que vamos tarde! ¡La gente debe estar loca por verme! —gritaba Vanessa moviendo las pestañas postizas.


Pero Lendorio manejaba con más miedo que un gato en un colmado.


—Tranquila, Vanessa… digo… Peluchón… los muelles del carro están malos. Si le doy más duro aquí mismo dejamos el motor regao.


Finalmente llegaron a Martín García.


El Country Club estaba explotao de gente.

Había hombres trepados hasta en las ventanas y mujeres riéndose desde que Vanessa entró meneando la cintura.


La música arrancó y Vanessa empezó el show: vueltas, brincos, movimientos sensuales y hasta besitos volados.


Entre el público estaba Remigio, un dominican york recién llegado de Nueva York, con cadenas gruesas, perfume fuerte y una cerveza en cada mano.


Remigio no tenía la menor idea de que Vanessa era un hombre disfrazado.


Desde que la vio quedó embrujao.


—¡Ay mi madre, pero qué mujer más sabrosa! —decía mientras sacaba dólares como cajero automático.


Remigio empezó a tirarle billetes, a bailar pegao y a sobarle la cintura a Vanessa mientras el público se moría de la risa.


Pero él estaba tan enfogonao que ni cuenta se daba.


La música subió. Vanessa dio una vuelta. Después otra. Y en una sacudida más fuerte que un terremoto…


¡Fuaaaa!


La peluca salió volando como una gallina espantada.


Quedó Peluchón al descubierto: sudao, con los labios pintados, los aretes colgando y el pelo pegado de gelatina.


Por un segundo hubo un silencio mortal.


Remigio abrió los ojos tan grandes que casi se le salen.


—¡Pero ven acá…! ¡¿Y esto?!


Y ahí mismo se armó el desastre.


Sillas volando. Botellas rompiéndose. Uno corriendo por una ventana. Otro escondiéndose debajo de una mesa. Y hasta tiros al aire sonaron del corredero.


Peluchón brincó del escenario como un atleta olímpico.


—¡PROFEEE, ARRANQUEEE!


Lendorio ni preguntó. Prendió el Volkswagen como pudo y salieron huyendo rumbo a Guayubín levantando polvo.


Mientras el carro brincaba en cada hoyo, Vanessa iba agarrándose la cabeza sin peluca y con un arete medio zafao.


—¡Lendorio, vete más suave! ¡Acuérdate del muelle!


Y el profesor, acelerando como nunca en su vida, gritó:


—¡Qué muelle ni muelle, carajo! ¡¿Tú quieres que Remigio nos pique vivos?!

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