Dicen los viejos de Guayubín que aquel reparto de bacalao no fue cualquier reparto, sino el famoso día que quedó bautizado como “el bacalaazo”.
Desde temprano, la fila daba vuelta. La gente llegaba con fundas, cubetas y hasta con hijos prestados para buscar más bacalao. El calor apretaba, pero nadie se movía de su puesto.
En medio de la espera, una mujer y un hombre comenzaron a discutir por el turno.
—“Respete, que yo estoy aquí desde antes que cantaran los gallos”— dijo ella, cruzándose de brazos.
—“No me venga con cuentos, que yo vine primero”— respondió él, ya encendido.
Las palabras se pusieron pesadas. Uno opinaba, otro metía leña, y como pasa en los pueblos, en segundos ya medio Guayubín estaba pendiente del pleito.
De repente, en medio del forcejeo y la rabia, el hombre agarró un bacalao grande de los que estaban repartiendo… y ¡pácata!, le dio tremendo bacalao por la cabeza a la mujer.
Aquello fue suficiente para desatar el caos.
La fila se rompió, el bacalao salió volando, la gente corrió, unos gritaban, otros se reían del susto y varios juraban que nunca habían visto un pleito resuelto “a puro bacalao”.
Desde ese día, aquel episodio quedó en la memoria popular como “el bacalaazo de Guayubín”, porque no hubo balas ni tiros… fue literalmente un bacalao el que armó el escándalo.
Y todavía hoy, cuando alguien arma un problema por cualquier tontería, no falta quien diga:
—“Cuidado… que eso puede terminar en otro bacalaazo.”

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