En el pequeño pueblo de Mangá, cerca de Guayubín, las noches tenían su propio ritmo. Luces tenues, música alta y risas que escondían historias. Allí, en el famoso cabaret de Papalito, trabajaba una mujer a la que todos conocían como La Correcaminos.
Tenía unos 25 años, pero su forma de mirar la vida era la de alguien que ya había aprendido demasiado. Ágil de palabra, rápida de mente y con un carácter que no se dejaba pisotear, se había ganado su apodo a pulso.
Una noche cualquiera, llegó al pueblo Pascal Estévez, un joven inquieto que acababa de bajar de Nueva York. Cambió unos dólares, se vistió de confianza y entró al cabaret como quien viene dispuesto a vivirlo todo en una sola noche.
—“¡Tráiganme cerveza, romo y mujeres! Y pónganme una bachata de Manny Yovanny, que aquí se va a beber, se va a gozar… y algo más!”— gritó, levantando la mano con billetes frescos.
La música subió, las botellas comenzaron a llegar y la fiesta se encendió. Entre risas y tragos, Pascal puso los ojos en La Correcaminos. Negociaron rápido, sin rodeos: 500 pesos por un momento íntimo. Un acuerdo claro: una sola vez, ni más ni menos.
Subieron al cuarto.
Pero lo que debía ser sencillo, terminó en caos.
Minutos después, la puerta se abrió de golpe y ambos salieron discutiendo, sin tiempo ni para acomodarse.
—“¡Yo no he terminado!”— reclamaba Pascal, molesto.
—“Usted sí terminó, mi hijo. Era un solo round, ya yo cumplí. Ahora págueme mis 500 pesos”— respondió ella, firme, sin dar un paso atrás.
El escándalo fue inmediato. Sillas volando, botellas rompiéndose, gente saliendo sin pagar en medio del alboroto. El cabaret se convirtió en un ring improvisado.
Cuando parecía que todo se saldría de control, La Correcaminos propuso algo inesperado:
—“Vamos a revisar y se acaba el pleito.”
Llamaron a Pochito, que estaba en el juego de dominó donde el Cojo, conocido por meterse en todo lío ajeno. Llegó con calma, como juez improvisado en medio del desorden.
Tras examinar la situación, levantó la mirada y dijo con seriedad:
—“Aquí no hay discusión… la joven tiene razón.”
El silencio cayó como un balde de agua fría.
Pascal, sin más argumentos, terminó pagando. Algunos se rieron, otros comentaron en voz baja, pero todos entendieron algo esa noche:
Con La Correcaminos no se juega… porque ella siempre va un paso adelante.

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