En Guayubín todavía se recuerda a un hombre tan pobre como orgulloso, que nunca quería que nadie supiera cuando la comida escaseaba en su casa. Se llamaba Ramón, aunque en el pueblo terminaron bautizándolo como “Ramón Palillo”.
Dicen que todos los días, justo al mediodía, cuando el sol partía las piedras y el olor a comida salía de cada cocina, Ramón hacía su ritual sagrado: se lavaba la cara, se peinaba con la mano, buscaba un palillo de dientes y se lo ponía en la boca como si acabara de terminar un tremendo almuerzo.
Entonces salía despacio a caminar por la calle principal, saludando con calma, como quien viene satisfecho después de un buen plato de arroz, habichuelas y carne.
—¡Buenas tardes, Ramón! ¿Ya almorzó? —le gritaban desde una galería.
Él respondía, moviendo el palillo de un lado a otro:
—Ay, sí… demasiado. Hoy me pasé.
Y seguía caminando, con una dignidad que ni el hambre le podía quitar.
Pero la verdad era otra: muchas veces en su casa no había más que café claro o un pedazo de pan viejo. Sin embargo, Ramón prefería masticar orgullo antes que lástima.
Una vez, un vecino curioso decidió seguirlo para confirmar si de verdad comía tan bien como aparentaba. Lo vio salir con su palillo, dar dos vueltas por el parque, saludar a medio pueblo y luego regresar tranquilo a su casa.
Al rato, desde la ventana, el vecino lo vio sentado con una taza de agua caliente… y nada más.
Fue entonces cuando entendió todo.
Desde ese día, en vez de burlarse, varios vecinos comenzaron a “sobrarles” platos de comida justo a la hora del almuerzo.
—Ramón, venga, que aquí hice demasiado sancocho.
—Llévese un poquito de moro, que no quiero botarlo.
Y así, sin humillarlo, lo ayudaban.
Pero Ramón nunca dejó el palillo.
Aunque ya tuviera comida de verdad, seguía saliendo al mediodía con él en la boca, como una costumbre y casi como un símbolo.
Por eso, cuando en Guayubín alguien aparenta más de lo que tiene, todavía hay quien dice entre risas:
—Míralo… anda con el palillo de Ramón.

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