En una comunidad de Guayubín todavía se recuerda la historia de un dirigente comunitario que soñaba con llegar a regidor, pero terminó siendo más famoso por los calderos de asopao que por los votos.
Se llamaba Julián, aunque el pueblo terminó bautizándolo como “El Regidor del Asopao”.
Julián era dirigente político, líder de reuniones, hombre de motor y de visitas largas. No había casa donde no entrara ni mano que no estrechara. Siempre andaba hablando de proyectos, de ayudas y de que “el pueblo necesitaba gente nueva”.
Su gran sueño era ser regidor del municipio.
Decía que ya estaba preparado, que conocía las necesidades de la comunidad y que tenía “la gente segura”.
La oportunidad pareció llegar cuando consiguió una contrata de una pequeña obra comunitaria. No era una fortuna, pero sí un dinero suficiente para organizarse, ahorrar y fortalecer su proyecto político.
Pero Julián pensó diferente.
—La política se gana en la mesa y en el vaso —decía.
Y comenzó el festival.
Cada fin de semana había reuniones políticas… que terminaban siendo tremendo asopao, cajas de cerveza y botellas de ron encima de cualquier mesa prestada.
Mandaba a matar gallinas, compraba arroz por sacos, hielo por fundas y hasta bocinas alquiladas para “animar el encuentro”.
La gente llegaba como si fuera fiesta patronal.
—Ese sí ayuda. —Ese sí es un líder. —Esa regidoría es suya, Julián.
Y él, feliz, seguía soltando dinero como si los votos se vendieran por plato servido.
Su esposa le advertía: —Julián, tú estás alimentando barrigas, no lealtades.
Pero él respondía: —Tú no entiendes de política.
Pasaron los meses y se acabó la contrata.
Después se acabó el ahorro.
Luego vendió unos animales.
Y hasta pidió prestado “porque ya casi viene la convención”.
Cuando llegó el día de elegir los candidatos a regidor dentro del partido, Julián amaneció convencido de que barrería.
Se puso su mejor camisa, se perfumó fuerte y llegó saludando como si ya tuviera la juramentación hecha.
Pero empezó el conteo.
Y los números no salían.
Uno. Dos. Tres.
Volvieron a contar.
Cuatro votos.
Y uno de ellos, según decían en relajo, era de su propia mujer, que ni simpatizaba con el partido.
Julián miraba alrededor buscando a su gente.
Pero muchos ni aparecieron.
Otros estaban allí… apoyando a otro candidato.
Los mismos del asopao. Los mismos del romo. Los mismos que juraban: “¡Esa regiduría es suya!”
Todos desaparecidos.
Aquella noche, sentado frente a su casa con una cerveza fiada y la dignidad golpeada, Julián aprendió la lección más costosa de su carrera:
que brindar no es liderar, que coro no significa apoyo, y que el romo se bebe rápido… pero el ridículo dura años.
Desde entonces, en los campos de Guayubín, cuando alguien empieza a gastar demasiado creyendo que así ganará una candidatura, siempre aparece alguien diciendo:
—Ten cuidado… no vayas a terminar como Julián, el regidor del asopao.

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